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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 
Capítulo 8 

La ternura de su amor 



Estaba yo sentado en mi estudio, mirando por la ventana a un carde- 
nal, de plumaje rojo brillante, contra el monótono color café de tres 
ramas que apenas estaban recuperándose del frío invierno. Era una 
mañana en que, por alguna razón, ansiosos pensamientos habían in- 
vadido mi mente. Y allí estaba aquel pájaro, recordándome que el mismo Dios 
que cuidaba de él y que lo había vestido tan elegantemente, también cuidaba de 
mí. 

A la mañana siguiente el cardenal volvió de nuevo. Pero antes que lo notara, vi 
a otra criatura plumífera, no identificada, pequeña y casi totalmente camuflada 
entre las ramas color castaño rojizo. Y el pensamiento de la mañana anterior 
volvió a mi mente: el inimaginable amor de Dios. Pensé en cuan pequeño se ve- 
ía aquel cardenal a través de mi ventana, a no más de quince metros de dis- 
tancia; y cuan infinitesimalmente pequeño (de hecho, cuan totalmente invi- 
sible) sería si yo estuviera volando en un jet a diez mil metros de altura. Luego 
imaginé cuan increíblemente más difícil sería ver a la otra ave, ¡la de color 
café! Sin embargo, Dios las ve a las dos, a través de los incontables años luz del 
espacio. ¡Ciertamente Dios se preocupa por nosotros! 

En Jesús encontramos a alguien que ama de ese modo, que se preocupa per- 
sonalmente por nosotros. Cuando habló a un grupo de personas sencillas en la 
falda de una colina en Galilea pronunció palabras que su vida entre ellos pron- 
to pondría en práctica: "Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni 
recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros 
mucho más que ellas?" (Mateo 6:26). 

Los Evangelios están llenos de ilustraciones del tierno amor de Jesús. En lo que 
sigue solo tengo espacio para unas cuantas. 

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Amor por una mujer acorralada 

La historia se encuentra en Juan 8:1-11. La mujer había sido acorralada, atra- 
pada en adulterio, en el mismo acto, dijeron los hombres justos que la habían 
arrastrado hasta la presencia de Jesús. Y ellos conocían a Moisés muy bien. El 
gran profeta del Sinaí había dicho que tales ofensoras debían ser apedreadas 
públicamente. ¿Cuál es tu veredicto? 

Jesús podría haberse disculpado y haberse negado a intervenir. Después de to- 
do, no era parte del sistema legal. No estaba investido con poderes judiciales 
que podrían ser reconocidos en cualquier tribunal de justicia de Judea. ¿Por qué 
habían acudido a él? Jesús habría actuado en forma completamente apropiada si 
se hubiera negado a intervenir. 

Pero no lo hizo. Porque, encogida de miedo delante de él estaba aquella pobre 
mujer, con la pesadilla de la muerte ocupando cada uno de los rincones de su 
mente torturada. Su corazón palpitaba rápidamente, su pulso se aceleraba, las 
lágrimas de vergüenza fluían abundantes por su rostro macilento, esperando 
que las piedras comenzaran a batir su frágil cuerpo en cualquier instante. En- 
tonces, horror de horrores, escucha de los labios de Jesús la que podía ser su 
sentencia de muerte: "El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en 
arrojar la primera piedra sobre ella" (versículo 7). Como consideraba a sus 
acusadores como intachables hacedores de la ley, y sin defectos, ella esperaba 
que las palabras de Jesús sellaran su sentencia y enviaran una lluvia de piedras 
sobre ella en el acto. 

Ella se abraza a sí misma, esconde la cara con sus manos (así me la imagino), y 
el nivel de su ansiedad se eleva al máximo. Los momentos pasan. Nada. Silen- 
cio. Atreviéndose, finalmente, a levantar la cara, se encuentra a solas con Jesús. 
¿Dónde están tus acusadores? Le pregunta Jesús, gentilmente. ¿Ninguno te ha 
condenado? "Ninguno, Señor", dice ella. "Ni yo te condeno", le dijo Jesús, "vete 
y no peques más" (versículo 10, 11). 

Ella no salta, quizá considerando que sería una reacción inapropiada para la 
ocasión; no grita, porque aquello sería impensable en su cultura. Más bien, se 
aleja quietamente, con su corazón explotando de gozo, con las lágrimas fluyen- 
do abundantes por sus mejillas; solo que ahora son lágrimas de gozo; cada paso 
es como una nota de alegría por su nueva esperanza. Ella puede vivir de nuevo, 
se ha encontrado cara a cara con el amor personificado: el más tierno amor que 
nunca pensó que existiera. 



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"Levantaos e id a vuestro Padre. Él os saldrá al encuentro muy lejos. Si dais, 
arrepentidos, un solo paso hacia él, se apresurará a rodearos con sus brazos de 
amor infinito. Su oído está abierto al clamor del alma contrita. Él conoce el 
primer esfuerzo del corazón para llegar a él. Nunca se ofrece una oración, aun 
balbuceada, nunca se derrama una lágrima, aun en secreto, nunca se acaricia un 
deseo sincero, por débil que sea, de llegar a Dios, sin que el Espíritu de Dios 
vaya a su encuentro. Aun antes de que la oración sea pronunciada, o el anhelo 
del corazón sea dado a conocer, la gracia de Cristo sale al encuentro de la gra- 
cia que está obrando en el alma humana". ' 

Amor por un renegado fanfarrón 

Jesús sentía un tierno amor por cada uno de sus discípulos (Juan 13:1). En me- 
dio de todas las tensiones y confusión de la noche de su entrega en Getsemaní, 
seguía preocupado por ellos. "Pues si me buscáis a mí", dijo a los que estaban 
ansiosos de arrestarlo, "dejad ir a estos" (Juan 18:8). 

La forma como trató a Pedro dice mucho, y expresa su amor por todos los de- 
más. El fanfarrón discípulo le había prometido a Jesús su incondicional apoyo 
aquella misma noche de su arresto. Aunque todos los demás te abandonen, le 
había dicho a Jesús, yo nunca te abandonaré (véase Mateo 26:31-36). Pero a 
medida que pasaban las horas de la noche se acobardó ante las miradas acusa- 
doras de simples servidores y espectadores, y negó, con el más fuerte lenguaje 
que pudo utilizar, haber visto jamás a un tipo llamado Jesús. Cuando por tercera 
vez trataron de prenderlo, invocó maldiciones sobre él, jurando: "No conozco 
al hombre" (Mateo 26:69-74). 

En ese preciso momento un gallo cantó y, de acuerdo con Lucas, "vuelto el Se- 
ñor, miró a Pedro". "Entonces", dice el pasaje, "Pedro se acordó de la palabra del 
Señor" [...]. Y saliendo fuera, lloró amargamente" (Lucas 22:60-62). 

¿Qué mensaje le transmitió aquella mirada de Jesús a su renegado discípulo? 
Aquí consigno esta perspicaz declaración de un clásico de la vida de Jesús: 
"Mientras los juramentos envilecedores estaban todavía en los labios de Pedro y 
el agudo canto del gallo repercutía en sus oídos, el Salvador se desvió de sus 
ceñudos jueces y miró de lleno a su pobre discípulo. Al mismo tiempo, los ojos 
de Pedro fueron atraídos hacia su Maestro. En aquel amable semblante, leyó 
profunda compasión y pesar, pero no había ira". 



1 Elena G. de Whíte, Palabras de vida del gran Maestro, p. 162. 

2 Elena G. de Whíte, El Deseado de todas las gentes, p. 659 

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¡Extraordinario! Jesús había dado a Pedro todas las ventajas, todos los privile- 
gios, haciéndolo parte de su círculo íntimo, por así decirlo. Pedro debería haber 
sabido mejor lo que le ocurría a su Maestro, y debería haber actuado mejor. 
Jesús tenía toda la razón para sentirse profundamente chasqueado, y, cierta- 
mente, lo estaba. Pero cuando sus ojos se encontraron aquella noche en la sala 
del juicio, Pedro no vio ira en el rostro de Jesús, ninguna señal de represalia o 
venganza. 

Dijo Elena G. de White: "Al ver ese rostro pálido y doliente, esos labios temblo- 
rosos, esa mirada de compasión y perdón, su corazón fue atravesado como por 
una flecha. Su conciencia despertó [...]. Una oleada de recuerdos lo abrumó. 
La tierna misericordia del Salvador, su bondad y longanimidad, su amabilidad y 
paciencia para con sus discípulos tan llenos de yerros, lo recordó todo [...]. 
Reflexionó con horror en su propia ingratitud, su falsedad, su perjurio. Una vez 
más miró a su Maestro, y vio una mano sacrilega que le hería en el rostro. No 
pudiendo soportar ya más la escena, salió corriendo de la sala con el corazón 
quebrantado [...]. Por fin se encontró en el Getsemaní [...]. En el mismo lugar 
donde Jesús había derramado su alma agonizante ante su Padre, cayó Pedro so- 
bre su rostro y deseó morir". 3 

No son el fuego y el azufre los métodos más convincentes para inducir a la 
gente al arrepentimiento; no es la reprensión, la vergüenza ni la intimidación. 
Es, más bien, el amor, el amor puro y transparente, el tierno amor de Jesús. 
Fue lo que Pedro vio aquella noche en los ojos de Jesús. Fue lo que sintió en 
aquellos momentos críticos. Fue el amor de Jesús el que quebrantó su corazón. Y 
eso será lo que quebrante el nuestro, también. Puede ocurrir en una reunión re- 
ligiosa; en una dase de física; mientras se dirige al trabajo; mientras usted lee la 
Biblia; y puede ocurrir mientras está en su estudio mirando por la ventana a 
dos cardenales. Su tierno amor no conoce barreras ni límites. Nos habla, no 
importa donde estemos; nos alcanza, no importa donde vayamos. 

"¡Oh amor de Dios! Tu inmensidad, 

el hombre no podrá contar, 

ni comprender la gran verdad 

que Dios al hombre pudo amar. 

Cuando el pecar entró al hogar 

de Adán y Eva en Edén, 

Dios los sacó, mas prometió 

un Salvador también. 

¡Oh amor de Dios! Brotando estás, 

a /¿.tí., pp. 659, 660. 

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i n n i e n s urable , e ternal , 

por las edades durarás inagotable raudal". 

Por una mujer afligida de otra raza 

Podemos ver la ternura del amor de Jesús en la forma como trató a las personas cu- 
yas vidas tocó a lo largo del camino, sin importarle su raza ni su origen étnico. La 
mujer de Samaría, por ejemplo (Juan 4:4-26). Ignorando todas las restricciones so- 
ciales tomó tiempo para reconocerla por lo que era: un ser humano creado a la 
imagen de Dios. Le dedicó su tiempo, dejándola asombrada e, incluso, le pidió un 
favor. Su amor puro por ella logró romper el hielo de los prejuicios; todo lo que ve- 
ía ante sí era un alma preciosa, desesperadamente necesitada de la gracia que él 
había venido a traer al mundo. "Si conocieras el don de Dios", le dijo, mientras su 
corazón se deshacía de gracia espiritual, "y quién es el que te dice: Dame de beber; 
tú le pedirías, y él te daría agua viva" (Juan 4: 10). 

A medida que la conversación continuaba, Jesús trató con cuidado el tema muy 
emocional de la diferencia de las formas de adoración entre judíos y samaritanos; y 
abordó de la manera más tierna posible la delicada situación de su vida social. 

La mujer no era prostituta, de acuerdo con el registro de Juan. Había vivido con 
cinco hombres, pero eran "esposos", según Jesús (Juan 4: 17, 18). La historia de 
esa parte de su vida, cómo y cuándo esos esposos vinieron y se fueron, no la cono- 
cemos. Pero era claro para Jesús que todo había cobrado su precio, convirtiéndola 
en paria de la sociedad, puesto en evidencia (según algunos) por la hora solitaria del 
día en que vino a sacar agua del pozo. 

Jesús, totalmente inmerso en la conversación con esta mujer necesitada, perdió toda 
noción del paso del tiempo y del hambre que había estado sintiendo previamente. 
Aquí mostró la intensidad con que se dedicaba al cumplimiento de su misión, 
como vimos en el capítulo anterior; pero también mostró un amor tierno y perso- 
nal. Tocada por la clara compasión y amor del Salvador, la mujer deseó beber el 
agua que él había prometido darle, anheló la adoración espiritual que él había des- 
crito, y le preguntó acerca del Mesías. Cuando el Mesías venga, le dijo a Jesús, 
imagino que con un destello de expectación en sus ojos, él nos declarará todas las 
cosas. 

¡Aquello fue demasiado para Jesús! Rompiendo su acostumbrada reticencia a tratar 
el tema de su identidad, le dijo claramente: "Yo soy, el que habla contigo" (versícu- 
lo 26). 



4 Himnario Adventista, N° 62 

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Cuando la mujer, abandonando su cántaro de agua a causa de la excitación que le 
había producido aquella asombrosa declaración, corrió hacia el pueblo; sus pala- 
bras dirigidas a sus vecinos hablan con elocuencia de la forma tierna y considerada 
con que Jesús la había tratado aquel día. Yo encuentro muy significativo que, de 
todas las cosas de las que Jesús le había hablado, las cosas que les mencionó a sus 
vecinos fueron las que más la habían avergonzado: "Venid, ved a un hombre que 
me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?" (versículo 29). 

¿Quién, sino Jesús, podría traer a colación los aspectos sórdidos de mi pasado, y sin 
embargo que en lo sucesivo yo no tuviera para él sino amor y adoración? ¿Quién pue- 
de hacer que los hechos oscuros de ayer se conviertan para mí en una ventana de espe- 
ranza para el futuro? ¿Quién puede amarme con tanta ternura y compasión? En Jesús 
tenemos un cuadro de amor indiscriminado, incondicional y escandaloso; amor por 
cada ser humano que conoció. 

Amor por una nación rebelde 

Cuando la marcha triunfal se aproximaba a Jerusalén, aquel domingo de la semana 
de la pasión, Jesús se detuvo en el Monte de los Olivos desde donde se ve la ciudad 
de Jerusalén, y expresó una triste lamentación por la calamidad que le sobrevendría 
a la ingrata ciudad: "¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo 
que es para tu paz! [...]. Porque vendrán días sobre ti cuando tus enemigos te 
rodearán [...]. Y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus 
hijos dentro de ti" (Lucas 19:41-44). 

El lamento que aparece en Lucas se conecta con el que aparece en Mateo 
23:33-36, y expone la ternura, el dolor del corazón, que subyace a aquel pro- 
nunciamiento de juicio inminente: "¡Jerusalén, Jerusalén! [...]. ¡Cuántas veces 
quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y 
no quisiste!" (Mateo 23:37). 

La historia de Absalón en el Antiguo Testamento (2 Samuel 13-15) expresa con 
mucha claridad el modelo humano del tierno amor de Dios por nosotros, sus 
hijos rebeldes. El relato presenta la tensión que se produjo entre el joven y su 
padre, el rey David; tensión provocada porque Absalón había asesinado a su 
hermano Amnón, quien había violado sexualmente a su hermana Tamar. La 
historia nos lleva a través del exilio autoimpuesto por Absalón; su retorno se- 
guido por un ingenuo plan diseñado por el general en jefe del ejército de Da- 
vid; su reconciliación temporal con su padre; y, finalmente, su intento de golpe 
de estado. El registro describe la forma como David, por causa de la rebelión 
de su hijo, abandonó apresuradamente la capital, Jerusalén, acompañado por el 

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resto de la familia real. David estaba anonadado, devastado, sabiendo que 
quien ahora estaba procurando quitarle vida no era su celoso predecesor, sino 
su propio hijo. 

Cuando comenzó la lucha, sin embargo, David les pidió a sus generales que 
protegieran la vida de Absalón y que no le hicieran ningún daño: "Tratad be- 
nignamente, por amor de mí, al joven Absalón" (2 Reyes 18:5). No obstante, Ab- 
salón fue muerto. Y dado el trauma que el joven príncipe había provocado a la 
nación y a su padre, lo que nos asombra es la reacción de David cuando recibió 
la noticia de la muerte de su hijo rebelde. "Entonces el rey se turbó", dice el 
texto, "y subió a la sala de la puerta, y lloró; y lloró, y yendo, decía así: ¡Hijo 
mío, Absalón, hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo 
en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!" (2 Samuel 18:33). 

Es un clamor que encuentra eco en el agonizante lamento de Jesús sobre Je- 
rusalén, aquel histórico día: "Jerusalén, Jerusalén". No es extraño que la gente 
haya llamado a Jesús "Hijo de David". Lo escuchamos de labios del mendigo 
ciego, Bartimeo, fuera de la ciudad de Jericó (Mateo 10:47); y de la mujer cana- 
nea que vino a pedirle que sanara a su hija (Mateo 15:22). El clamor es: "Señor, 
hijo de David, ten misericordia de mí". Nunca "Jesús, hijo de Adán", o "Jesús, 
hijo de Abraham", o "Jesús, hijo de Elias". No, casi invariablemente era "Jesús, 
hijo de David" (véase Mateo 9:27; 20:30; Lucas 18:38), y siempre en el contexto 
de la misericordia y la compasión. 

Cualquier otra cosa que diga, creo que habla especialmente de uno que ama, 
cuya tierna misericordia le recuerda a la gente la actitud de ternura y misericor- 
dia de David hacia un hijo indigno. Hasta podríamos especular en cuanto a lo 
que habría ocurrido si Absalón hubiera sido capturado vivo, cómo lo habría 
tratado su padre. Por supuesto, nunca lo sabremos con seguridad. Pero pode- 
mos inferir con bastante razón, basados en todos los otros detalles de la historia, 
que el corazón de aquel padre no lo hubiera amado menos. 

En ese sentido se parece a Jesús, quien, sabiendo cuan malos éramos, sin em- 
bargo, decidió amarnos y aceptarnos. Esto me trae a la memoria una desgarra- 
dora historia que apareció en uno de mis periódicos locales en el otoño de 
2006. 

La historia comienza así: "Un chiquillo hablantín de nueve años llegó a la casa 
de Helen Briggs el día de San Valentín del año 2000. Ella era una madre que re- 
cibía niños asignados por el gobierno para cuidarlos y tenía muchos años de 
luchar con niños problemáticos, difíciles de amar. Pero llegó a amar a aquel 
niño. Ese mismo año le pidió a su esposo que lo adoptaran. 

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"Ahora, seis años más tarde, Helen y su esposo, James, están tomando el altamente 
insólito paso de deshacer legalmente la adopción". 

El problema comenzó para ellos en el año 2003, cuando el niño, entonces de 12 
años, "molestó sexualmente a un niño de 6 años, y a una niña de 2 años, todavía 
en pañales". 6 

Cuando el problema llegó a los tribunales, los padres adoptivos descubrieron 
otros detalles perturbadores que los llevó a tomar la decisión de abandonar la 
custodia del niño. Entre otras cosas, el niño había sido abusado sexualmente por 
sus padres biológicos, alcohólicos y drogadictos, dañando su cerebro y afectando 
su capacidad para medir el paso del tiempo; había sido hospitalizado siete ve- 
ces en instituciones psiquiátricas, y era psicóticamente bipolar; había ame- 
nazado con quitarse la vida, y había estado escuchando voces extrañas. 7 

En suma, aquellos padres adoptivos descubrieron que tenían un producto daña- 
do en sus manos: "Usted no quiere tirar a nadie a la basura", dijo la madre 
adoptiva, "pero algunas veces tiene que hacerlo". 

Aquella pareja no sabía en lo que se estaba metiendo cuando adoptó al niño, 
y cualquier persona razonable comprendería la crisis en que se encontraba. Pero 
cuando Dios nos escogió, sabía perfectamente cuan malos éramos, sin embargo, 
nos eligió de todos modos. Ponerse en contacto con el tierno amor de Jesús es 
comprender que nunca seremos abandonados. 

"Amor que no me dejarás, descansa mi alma siempre en ti, Es tuya y tú la guar- 
darás, y en tu regazo acogedor, La paz encontrará" (himno 107, Himnario adven- 
tista). 

Amor profundo y personal 

Cuando trabajé en Canadá como pastor, dos grandes nombres dominaban las 
noticias: Pierre Burton y Charles Templeton. Templeton, una vez asociado de 
Billy Graham, había abandonado la iglesia, se había convertido en un ateo de- 
clarado y un amargo crítico de la religión. En su libro, The Case for Faith, el es- 
critor evangélico Lee Strobel refiere la reunión que sostuvo con Templeton en 
su apartamento de Toronto. 

En el curso de la conversación, Strobel le preguntó a Templeton qué pensaba de 
Jesús. Y aquí está una parte de lo que siguió, tal como lo cuenta Strobel. Para mí 

E Bngid Schulte, "[Virginia] Parents Trying to Unadopt Troubled Boy" Washington Post, 9 de octubre de 2006, p. Al 

e/bíd 

?/b/d,pp.A1,A11 

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demuestra el duradero poder del tierno amor de Cristo, poder que nos toca en 
lo más íntimo de nuestro corazón, aunque pensemos que lo hemos desechado 
completamente. 

"El lenguaje del cuerpo de Templeton se suavizó, como si repentinamente se sin- 
tiera relajado y cómodo al hablar de un viejo y querido amigo. 

— Él fue — comenzó a decir Templeton — el mayor ser humano que jamás ha 
existido... 

— Sus palabras suenan como si realmente se interesara mucho en él — le dijo 
Strobel. 

— Bueno, sí — respondió Templeton — , él es lo más importante en mi vida... 
Yo... yo... yo... — titubeó, buscando las palabras apropiadas — , sé que puede 
sonar extraño — dijo finalmente — , pero tengo que decirlo... Yo lo adoro. 

Strobel no sabía cómo responder. 

— Usted lo dice con cierta emoción — le dijo a Templeton. 

— Bueno, sí — respondió Templeton — . Todo lo bueno que conozco, todo lo 
decente que conozco, todo lo puro que conozco, lo aprendí de Jesús. 

"Abruptamente Templeton cortó sus pensamientos. Hubo una breve pausa, ca- 
si como si no estuviera seguro si debía continuar, o no. 

— Este... pero... no — dijo lentamente — , él es el más... — Se detuvo, luego co- 
menzó de nuevo — . Según mi punto de vista — declaró — , él es el ser humano 
más importante que existió jamás. 

Fue entonces cuando Templeton continuó diciendo algo que Strobel nunca 
había esperado que dijera: 

— Y, si yo lo pudiera decir de esta manera — dijo, mientras su voz comenzaba 
a quebrarse — , yo... lo... echo de menos". 8 

En aquella última reacción siento un clamor universal, el clamor por un amor 
que es mayor que nosotros mismos, un amor que trasciende nuestra rebelión y 
nuestro extrañamiento, un amor que es estable, inconmovible, incondicional. 
El amor que encontramos en Jesús es todo eso. Es el amor más tierno que el 
corazón humano conocerá jamás. 



8 Lee Strobel, The Casefor Faith: A Journalist Investígales the Toughest Objections to Christianity (Grand Rapids, Michi- 
gan: Zondervan, 2000), pp. 17, 18. 

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